Resumen
Este artículo tiene como objetivo analizar algunos de los aspectos que se ponen en juego en el desarrollo de las sexualidades de las mujeres heterocis, poniendo de relieve la implicancia de imaginarios y prácticas sociales patriarcales como sistemas opresores de lo femenino en la experimentación de su placer sexual.
Palabras claves: sexualidad, mujeres heterocis, placer sexual, clítoris, prácticas sexoafectivas.
Introducción
El presente trabajo ha tenido como finalidad analizar, a partir de una revisión bibliográfica, en el marco de la tesis realizada para la obtención del título de grado de Licenciada en Trabajo Social, el lugar que ocupa el placer sexual en los encuentros heterosexuales de mujeres cis. Comprender desde dónde se llevan adelante las prácticas que se reproducen en los encuentros sexuales heteronormados permite visibilizar modelos de sexualidad que ponen de manifiesto desigualdades entre mujeres y varones (cis). El patriarcado actúa como sistema de opresión y disciplinamiento sexual que opera sobre esos modelos de sexualidades, los cuales establecen supuestos destinos naturales para las mujeres y hombres. En este sentido, fueron los aportes de los estudios de género a partir de la década de 1980 los que dieron lugar a un entendimiento más acabado acerca de los usos sociales del lenguaje y su potencialidad para crear realidades de manera performativa (Buttler, 1997). De esta manera, fue posible comenzar la deconstrucción de categorías como hombre, mujer, femenino, masculino, problematizando visiones deterministas acerca de lxs sujetxs y las identidades.
Es imprescindible hacer algunas aclaraciones conceptuales. Por un lado, cada vez que se ha utilizado el sustantivo mujer o mujeres, se hace referencia a mujer/es cishetero, en tanto el recorte poblacional seleccionado solo incluye dicho género y orientación sexual. El prefijo cis es un prefijo latino que significa “del mismo lado” y va a ser la forma expresiva dominante que se adoptará para nombrar la coincidencia entre sexo biológico y género impuesto. El concepto de cisnormatividad describe la normalización de creencias, supuestos y expectativas socioculturales que establecen que todas las personas se identifican con el género que les fue asignado al nacer (Cabral, Benzur, 2013). Entonces, la literalidad del género se extiende a la proyección de prácticas constitutivas de la feminidad y la masculinidad como la penetrabilidad de las mujeres o la capacidad de penetrar de los varones (Maffía, 2003). De esta manera se moldean prácticas sexuales que responden a la heterosexualidad como la orientación sexual hegemónica, en tanto prioriza la función reproductora de la sexualidad, estableciendo conductas sexuales predecibles dentro de los encuentros heteronormados, en los cuales prima el coitocentrismo como la única forma posible de experimentar placer y goce.
Asimismo, y entendiendo que el grupo escogido es extremadamente amplio y diverso, no se ha pretendido representar a todas y cada una de las mujeres con identidad heterocis, sino poner de manifiesto una mirada específica acerca del placer sexual. Mirada que se sostiene en conceptos precisamente seleccionados sobre la base de información ya escrita al respecto. En este sentido, se ha utilizado una definición no excluyente de sexualidad, dando cuenta de la extensa variabilidad de prácticas que pueden desarrollarse en dicho registro[1]. Por ello la utilización del concepto de prácticas sexoafectivas en tanto se considera que estas últimas no implican solo el cuerpo, sino que son un proceso en el que se ponen en juego actitudes, sentires, emociones, vivencias, complejizando así la tradicional expresión de relaciones sexuales. A su vez dentro de la práctica sexoafectiva, se ha tomado al orgasmo femenino como una de las experiencias de placer sexual que puede desencadenarse en esta, entendiendo que no es la única, ni la más significativa.
Por último y no menos importante, entendiendo al lenguaje como la capacidad de comunicación que tienen las personas, a partir de un sistema de códigos que les permite expresar un esquema simbólico determinado, en donde existe una priorización de aquello que se nombra (Maffía, 2012), a lo largo de todo el trabajo, se ha elegido utilizar el lenguaje inclusivo, en donde la letra “x” reemplaza al supuesto masculino universal. Esta decisión se basa en el fundamento político de que aquello que no se nombra no existe, en donde “[…] la disputa por las palabras es también una disputa por el poder, y por eso el feminismo insiste, aunque moleste, porque cambiar las relaciones de poder implica también una política del lenguaje” (párr. 23).
Encorsetadas en un mar de ¿confusiones?
El patriarcado como sistema opresor sobre lo femenino tanto histórico, como político y económico, está diseminado en hechos y prácticas sociales de modo capilar que atraviesan a la sociedad en su conjunto (Segato, 2003). Esos hechos y prácticas tienen que ver con imposiciones histórico-sociales que, según Cornelius Castoriadis, surgen de la interacción de lxs individuxs conformando “[…] una red cambiante de significados que configura modos de comportamiento y creencias” (Arribas, 2008, p. 106). Son las propias significaciones sociales imaginarias (Castoriadis, 2006) las que van a ir conformando una realidad sociocultural tan efectiva que determinará todas las dimensiones de la vida cotidiana, incluyendo la sexualidad.
En la compilación de textos Sexualidades migrantes. Género y transgénero, Diana Maffía (2003) expresa que existen algunas creencias conservadoras y patriarcales que forman parte de las significaciones sociales imaginarias que mencionaba Castoriadis. Una de ellas es pensar que las relaciones sexuales tienen como fin único la procreación, entonces Maffía va a decir que, si las prácticas sexoafectivas solo tienen fines reproductivos, el placer sexual queda totalmente invisibilizado (sobre todo el de las mujeres) y, a su vez, la única forma posible de llevar adelante esta práctica es a partir de la penetración pene- vagina, quedando por fuera toda forma que involucre otras posibilidades eróticas.
Este orden simbólico impuesto que condiciona la sexualidad de las personas conlleva prácticas sociales opresoras que instauran una jerarquización diferencial de los cuerpos, donde las mujeres quedan subordinadas al poder y dominación de los varones. Pierre Bourdieu, en La dominación masculina (2000), va a llamar a esta dominación violencia simbólica y la va a definir como un principio reconocido tanto por el dominador como por la dominada, entendiendo que la visión androcéntrica en la que se basan las relaciones interpersonales es neutral, siendo este el medio natural en el que se desarrollan. Por lo tanto, los esquemas de pensamiento que se reproducen dentro de esas relaciones de poder son categorías de percepción de la realidad que afirman el dominio como algo natural, admitiendo una dimensión simbólica en la que las dominadas entienden la sumisión en la que se hallan inmersas como la forma correcta de desenvolverse en la sociedad. Entonces, según Bourdieu (2000), la violencia simbólica se instituye a partir de esa adhesión de las dominadas, en tanto no existe posibilidad de pensar otra forma de ser o estar en el mundo, ya que la construcción subjetiva (y también colectiva) del pensamiento se lleva adelante desde los propios parámetros del dominador, por lo que las dominadas no disponen de un espacio de imaginación propia para pensarse a sí mismas desde otros parámetros que no sean los que comparten con este. Estas conceptualizaciones, que forman parte del condicionamiento social que cargan las mujeres, son significaciones imaginarias sociales de origen antiguo, indemnes, sin revisión ni detección del origen socio-histórico-cultural, y que van a ser cristalizadas en las instituciones de nuestra sociedad. Se hacen vigentes, y haciéndose vigentes sin discusión, se institucionalizan en forma de mitos, tabúes, ideales, costumbres, valores, creencias, lenguaje, herramientas, modos de hacer las cosas, etc.; dando lugar así al imaginario social instituido, que las hace perdurar a través del tiempo de un modo cristalizado (Castoriadis, 2006). Son estas significaciones imaginarias sociales instituidas y los modos de hacer las cosas las que expulsan a las mujeres del conocimiento de su propio cuerpo y de su sexualidad.
¡Chancleta! dijo la partera, y nos marcó un destino de entrecasa
Dentro de ese sistema opresor que es el patriarcado, los cuerpos van a ser comprendidos en su forma material a partir de normas convencionales de género (Buttler, 2002), las cuales responden a la lógica binaria mujer-varón, y que, según Bourdieu (2000), es totalmente funcional a las necesidades económicas de la heterosexualidad, la cual institucionaliza un tipo único de relación sexual, considerándola como la correcta dentro del orden de lo natural. En este sentido, Monique Wittig, en El pensamiento heterosexual (2006), subraya que dicho pensamiento tiende a universalizar la producción de conceptos formulando leyes generales que conforman un sentido social generalizado del orden simbólico en donde la heterosexualidad es tanto un dogma filosófico como político y, por ende, ordena históricamente los imperativos en los que las mujeres deben aprender sobre ellas mismas. Por lo tanto, como categoría de dominación, la heterosexualidad es producto de la dominación social de las mujeres ejercidas por los hombres, en donde se le impone a estas la obligación de la reproducción de la especie como algo natural, sin que tengan en cuenta cualesquiera otras opciones. Esta imposición reproductiva no solo va a hacer referencia a la capacidad de gestar de las mujeres, sino también al desarrollo de las tareas domésticas, de cuidado y crianza que llevan adelante para sostener la supervivencia.
Estas actividades refuerzan el imaginario mencionado por Maffía (2003), en tanto la familia heterosexual es la célula indiscutible de la sociedad, y para poder sostenerla es necesario que las mujeres asuman esas responsabilidades domésticas como innatas, tomando fuerza ideas como el amor incondicional, el instinto maternal, la felicidad doméstica, las cuales operan como manipulaciones perversas del patriarcado para reclutar mano de obra no asalariada dentro de la esfera privada y, de esta manera, asegurar y sostener al propio sistema capitalista (Federici, 2018). Dichas actividades también forman parte de los imaginarios sociales que envuelven al género femenino, en donde los estereotipos del varón proveedor y mujer ama de casa establecen y refuerzan jerarquías a partir de las cuales se va a sustentar y reproducir la violencia simbólica (Faur, 2014).
Si bien Diana Maffía (2003) no habla de violencia simbólica, menciona la existencia de mecanismos disciplinadores y omnipresentes que perpetúan el rol de las mujeres como cuidadoras dentro de la sociedad y de la propia familia entendida en términos tradicionales como el núcleo social básico en cuyo seno se reproducen de forma sistemática. Se establece, así, una división sexual del trabajo en donde las mujeres son las responsables de sostener y reproducir las cuestiones relacionadas al ámbito doméstico, mientras que los varones se encargan de proveer los bienes materiales, desarrollando sus actividades en la esfera pública, estableciendo la base de las fronteras jerárquicas entre unos y otras (Faur, 2014). Entonces, y prestando atención a los escenarios sociales en los que se desarrolla la cotidianidad de las mujeres, es indispensable analizar la reproducción de prácticas misóginas impuestas por el sistema patriarcal y el rol que deben cumplir las mujeres heterocis en ella, lo cual impacta de forma directa en la conformación de sus sexualidades.
De esta manera, se puede inferir que dicha conformación sigue siendo determinada y controlada por imposiciones histórico-sociales que establecen la primacía de los deseos y necesidades sexuales de los hombres, quedando totalmente invisibilizado el placer sexual de las mujeres, ya que “[…] las sexualidades están profundamente arraigadas en las concepciones sociales y la idiosincrasia cultural del contexto en el que nos encontremos” (Díaz Sánchez, 2022, p. 4) y, por ende, la sexualidad de las mujeres no es “su” sexualidad, sino aquella construida por el propio patriarcado a medida del deseo masculino.
La sexualidad que nos dejaron conseguir
Desde la división sexogenérica binaria impuesta (mujer-varón), los controles que se ejercen desde los diferentes dispositivos sociales imponen sobre los cuerpos feminizados una forma de ser mujer ligada a la delicadeza, a la sumisión, a la paciencia y a la disponibilidad que actúan como condicionantes en la vida sexual de estas (López Pardía, 2015), que junto con el ocultamiento, la invisibilización y la desinformación acerca de cuestiones que atañen a las mujeres en general y a su sexualidad en particular, van a conformar una idea distorsionada sobre las formas en que se experimenta el placer en las prácticas sexoafectivas. Celine Geffroy en su artículo En busca del placer…una perspectiva de género (2016), habla sobre esos condicionamientos y menciona que “[…] las discriminaciones sexistas y patriarcales hacia las mujeres, así como las restricciones y los tabúes, siguen afectando la manifestación y la percepción del placer, o por lo menos su exteriorización” (p. 374). Puede inferirse, entonces, que existe un desconocimiento significativo de las sexualidades femeninas propiciando, de esta manera, sentimientos y emociones coaccionadas (Díaz Sánchez, 2022). A esto se le suma la perspectiva falocéntrica que monopoliza las prácticas sexoafectivas privilegiando el placer del hombre en detrimento o incluso en la negación del de la mujer (Geffroy, 2016) y de su propia sexualidad, lo cual impide reconocer la propia búsqueda del placer. En este sentido, los deseos y necesidades sexuales se ven frustrados, produciendo sensaciones de malestar y vergüenza.
Dónde estás placer de mi vida que no te puedo encontrar
Al igual que Checa Dumont (2012), Laura Oyhantcabal (2020) afirma que la sexualidad de las mujeres nunca se ha pensado desde el disfrute, el placer o el deseo, por lo tanto, es muy difícil poder tomar real dimensión de estos durante la práctica sexual. La invisibilización del placer femenino se cimienta en varias dimensiones del sistema patriarcal vigente: el androcentrismo hegemónico y correspondiente coitocentrismo, la heteronormatividad impuesta, las relaciones de pareja normadas como aceptables, las zonas erógenas habilitadas para alcanzar el orgasmo, el desconocimiento en anatomía y fisiología del complejo del clítoris y, en consecuencia, de su función central en el orgasmo femenino, construcciones falsas acerca del orgasmo vaginal como la norma. Todas estas dimensiones van dejando por fuera el sentir de las mujeres, en tanto categoría subsumida al deseo masculino. Entonces, la plataforma en la que se llevan adelante los encuentros eróticos responde a un modelo de sexualidad en el que se reproduce de forma sistemática una estructura específica de prácticas sexuales que inhabilita la posibilidad de comunicación y negociación de las mujeres para la obtención de placer sexual y por ende de la experimentación del orgasmo (Oyhantcabal, 2020).
En este sentido, la supuesta anorgasmia femenina se ha estudiado, a lo largo de la historia, desde una mirada biologicista y descontextualizada, dejando por fuera los diferentes escenarios en los que se desarrollan las representaciones diarias impuestas a las mujeres heterocis y que condicionan las posibles respuestas que se originan en los encuentros sexoafectivos cuyo objetivo fundamental debería ser su propio placer sexual. Sin embargo, Anne Koedt, en El mito del orgasmo vaginal (2001), va a decir que lo que prima no son respuestas sexuales, sino la falta de estas y es ahí donde la inexistencia de un análisis complejo permitió simplificar algunas cuestiones de la vida sexual de las mujeres, traduciéndolas literalmente en cuestiones meramente físicas o psicológicas. Por ejemplo, la falta de orgasmos vaginales, según la autora, fue catalogado como un problema psicológico, llamando a las mujeres que no lo experimentaban como frígidas, invitándolas a consultar con profesionales de la psiquiatría para que pudieran “[…] descubrir su ‘problema’, generalmente diagnosticado como el fracaso para ajustarse a su papel como mujeres” (p. 254). Nuevamente la fuerza simbólica a la que hace referencia Bourdieu (2000) ejerce su poder directamente sobre los cuerpos de las dominadas, apoyándose en disposiciones que tienden a culpabilizar a las mujeres de las consecuencias que las propias reglas androcéntricas generan sobre estas, señalando la ausencia de orgasmos vaginales como un síntoma individual.
Entonces, lo que pasa dentro del ámbito personal e íntimo, que tiene que ver con el deseo, el placer y el erotismo de las mujeres, se enmarca dentro de supuestos históricos de desigualdad que obturan el registro consciente de la propia sexualidad (Foucault, 2014) femenina, en donde se siguen reproduciendo modelos sexuales que responden a intereses heteropatriarcales, que por ser rigurosamente reproductores y androcéntricos imponen al coito como el modelo correcto de práctica sexual, y si se le suma que el mejor estimulante físico para el pene del varón heterosexual es la fricción contra la vagina, entonces es inevitable que se promueva la penetración (pene-vagina) como la práctica sexual por excelencia.
Todo esto conduce a algunas preguntas interesantes sobre el sexo convencional y nuestro papel en él. Los hombres llegan al orgasmo esencialmente debido a la fricción con la vagina […] Las mujeres han sido, así, definidas sexualmente en términos de lo que complace a los hombres; nuestra propia biología no ha sido analizada correctamente. En lugar de ello, se nos alimenta con el mito de la mujer liberada y su orgasmo vaginal, un orgasmo que de hecho no existe (Koedt, 2001, p. 255).
De esta manera, los roles de género asignados socialmente ubican a las mujeres en lugares de entrega y sacrificio, dejando el placer personal de lado para satisfacer a sus parejas sexuales masculinas (Díaz Sanchez, 2022). Esto refuerza las jerarquizaciones de poder y dominación que se ponen en juego dentro las prácticas sexoafectivas que responden a una cultura misógina y coitocéntrica, en tanto cercenan experiencias sexuales que podrían ser mucho más placenteras para los cuerpos con vulva, y con ello la posibilidad de experimentar otras formas posibles de placer sexual.
¿Cuánto cuesta orgasmear? Ni cachucha, ni pochola. Vulva
Al ser estudiados los genitales de las mujeres, en todos los niveles educativos se les asigna el nombre de “aparato reproductor”, lo cual es claramente limitante, ya que se educa desde edades tempranas en la idea de que la función de estos es la reproductiva, cuando en realidad su finalidad es mucho más amplia y diversa, ya que no solo cumple una función biológica, sino también emocional y de placer. Esta forma de nombrarlos engloba cada uno de los componentes del “supuesto” aparato reproductor en un solo concepto, contribuyendo a cristalizar esa función asignada como la principal, la única posible, silenciando todo lo que al goce se refiere. Eva Giberti (1998) va a decir cómo la ausencia de simbolización en lo que refiere a la vida sexual de las mujeres asociada al disfrute y no a su función reproductora está vinculada de forma directa con aquello que una niña escucha e interpreta desde muy pequeña. De esta forma, ciertas palabras que se reproducen más cotidianamente, como vagina, permiten crear un sentido específico claro, dentro de la simbolización que se establece, mientras que aquellas palabras que no se nombran con frecuencia o casi nunca, como vulva o clítoris, que tienen una relación directa con el disfrute y el placer, son muy difíciles de simbolizar, ya que no hay fonemas previamente escuchados para poder hacerlo. Este silenciamiento sobre ciertas partes del cuerpo de las mujeres impacta de forma directa sobre las subjetividades de estas, delineando un tipo de sexualidad más relacionada con su función reproductora que con la del goce. En este sentido, el discurso heteronormativo establece normas que van moldeando la materialidad de los cuerpos y de sus genitales a partir de la repetición de prácticas reguladas dentro de la vida cotidiana de las mujeres que refuerzan la idea acerca de la supuesta función natural de estas y la posibilidad de gestar que tienen sus cuerpos (Martínez et al., 2020). Asimismo, se estructuran sentidos que construyen una sexualidad asociada a lo natural y lo reproductivo en donde el discurso biomédico toma protagonismo y los componentes biológicos de los cuerpos que pueden y deben ser nombrados son aquellos de los que se obtiene información (López Pardía, 2015). De esta manera resulta muy difícil que las mujeres puedan asumirse como sujetas deseantes capaces de ser las propias constructoras de sus placeres y goces sexuales (Giberti, 1998).
Graciela Sikos, en Avatares de la evolución de la libido en Freud según sexo/género (2021), detalla que la etapa fálica, según Freud, transcurre entre los 3 y los 5 años de edad. La zona erógena rectora para la niña se sitúa en el clítoris y para el varón en el pene. Para el autor, el clítoris es el equivalente al pene masculino, pero depreciado, ya que comparado con el pene es pequeño y está escondido, esto lo motiva a decretar: “El único órgano considerado de hecho inferior es el pene atrofiado, el clítoris de la niña” (Freud, 1974, como se citó en Sikos, 2021). Para Freud, la sexualidad de la niña pequeña en la etapa fálica posee un carácter enteramente masculino (Freud, 1968), por lo que va a expresar que: “La masturbación en el clítoris sería una práctica masculina, y para poder desplegar la feminidad, a partir de esta etapa [fálica], la niña tendría por condición la renuncia a la sexualidad clitoridiana” (Freud, 1974, p. 488). Sin embargo, Sikos (2021) sostiene que la fase fálica para la niña difiere en mucho del trazo claro y directo con que Freud dibujó el camino hacia la genitalidad por el que transita el varón. Mientras que este avanza estimulando su pene, la niña deberá reprimir la excitabilidad de su clítoris y comenzar a sentir excitación en la vagina[2]. Frente a este discurso y sus implicancias es sumamente necesario tener en cuenta que Freud, para llegar a las conclusiones que llegó, no basó su teoría en el estudio de la anatomía de las mujeres, sino más bien en la idea que tenía de estas, considerándolas como apéndice de los hombres y su consecuente rol social y psicológico (Koedt, 2001), por lo que es entendible que la cultura sexual patriarcal (por ser rigurosamente reproductora y hegemónicamente androcéntrica) genere una estructura, tanto material como simbólica, en la que el modelo del placer vaginal en las mujeres sea legitimado y naturalizado como el correcto. Anne Koedt (2001) se aleja del posicionamiento de Freud cuando este afirma que, una vez iniciadas las relaciones sexuales con varones, la penetración les permitiría a las mujeres transferir el centro del placer a la vagina, lo cual produciría un tipo de orgasmo más maduro: el orgasmo vaginal. Más bien va a decretar que este imaginario cercena la sexualidad de las mujeres hasta el día de hoy, formando parte de los supuestos sociales que invisibilizan su placer. El mito del orgasmo vaginal versus el orgasmo clitoridiano encuadra dentro de la matriz heterosexual hegemónica que coacciona las representaciones dentro de los discursos y las prácticas tanto sociales como sexuales. De esta manera, todo lo que queda por fuera de la vagina, como la vulva, el clítoris u otras partes del cuerpo que puedan generar placer sexual, no entran dentro de los cánones predecibles en la práctica sexoafectiva, imponiendo una censura dentro del ámbito de la simbolización “[…] en el cual los significantes son disciplinados y organizados por categorías que corresponden al régimen simbólico patriarcal, el discurso cultural sobre el género restringe, limita, encuadra las prácticas” (Segato, 2003, p. 15). Entonces, poner la centralidad en el placer masculino que responde a formas coito genitalocéntricas, hace que el discurso del placer vaginal sea un aliado insoslayable, lo cual no solo produce insatisfacción erótica en las mujeres, sino que también genera escenarios propicios para responsabilizarlas por no alcanzar el placer.
Sacar al clítoris del clóset
Los estudios del complejo del clítoris son recientes, escasos y de poca circulación (Sikos, 2021). Recién en 1998, Hellen O´Conell, uróloga australiana, en 1998 describió anatómicamente lo que dio en llamar “el complejo del clítoris”[3]. Posteriormente, el equipo australiano y un equipo francés liderado por Odile Buisson[4] estudiaron a través de tecnologías de imagen 3D, resonancia magnética y ecografía, la completa y viva estructura de los tejidos del clítoris y su involucramiento en el orgasmo femenino. A raíz de estos estudios se logra establecer que durante la excitación sexual el conjunto clítoris- vagina-uretra parecería ser el epicentro de la función sexual femenina y del orgasmo. Dentro de este conjunto, es el clítoris el que tiene una función predominante en cuanto a la sensación erótica y el orgasmo, tanto por su condición de eréctil como por su movilidad, y porque, a diferencia de la vagina y la uretra, posee numerosas terminaciones nerviosas sensoriales, gracias a las cuales goza de una exquisita sensibilidad. En este sentido, María Cecilia Canzoneta en su libro Sexo ATR. La educación sexual que queremos (2021) llama al glande del clítoris la punta del iceberg y explica que el camino obligado hacia el orgasmo necesariamente es pasando por este. Graciela Sikos (2021) va a acompañar esta idea diciendo que tanto el clítoris, como la vagina y la uretra forman una tríada que, al aumentar la excitación sexual, van a responder como una unidad, cumpliendo una función protagónica en el desarrollo del/los orgasmo/s. Es el clítoris, y no la vagina, al poseer este numerosas terminaciones nerviosas, el que va a proveer al resto de los componentes las sensaciones eróticas placenteras. Por ello, es importante diferenciar los mecanismos del placer del de la reproducción y comenzar a estudiar de forma separada cada uno de ellos, entendiéndolos como lo que realmente son: por un lado, el aparato reproductor y, por el otro, el sistema clitoridiano, con fines y funcionalidades diferenciadas (Canzoneta, 2021).
Esta superposición de conceptos y funcionalidades abona al desconocimiento de la anatomía del clítoris y su función, como también del placer sexual de las mujeres, quedando ambos totalmente invisibilizados. Esto da lugar a “[…] graves problemas para las mujeres que pasan gran parte de su vida sexual buscando el ansiado orgasmo vaginal y, cuando comprueban que no son capaces de alcanzarlo, se sienten frustradas y piensan que ‘algo’ no funciona en sus cuerpos” (Díaz Sánchez, 2022, p. 13).
Dime con quién andas y te diré cuánto gozas
Sin embargo, existen algunas (pocas) investigaciones que comienzan a problematizar estos supuestos y a generar preguntas acerca de cómo se llevan adelante las experiencias sexuales y el rol del clítoris dentro de ellas. El estudio Differences in Orgasm Frequency Between Gay, Lesbian, Bisexual, and Heterosexual Men and Women in a U.S. National Sample,realizado en 2018 por la Universidad de Chapman (Frederick et al., 2018), incluyó a 52.588 hombres y mujeres entre 18 y 65 años a quienes se lxs diferenció por su orientación sexual, entre las que contaban heterosexuales, lesbianas, gays y bisexuales. Dicha investigación va a poner en evidencia lo que nombran como “brecha orgásmica”, que refiere a la diferencia contundente en el porcentaje de orgasmos que se alanzan durante las relaciones heterosexuales: la mayoría de los hombres heterosexuales gozan del orgasmo (95%) y menos de dos tercios de las mujeres heterosexuales acceden a él (65%). Estxs autorxs, trazaron un “ranking orgásmico”, en el que el primer puesto es ocupado por hombres heterosexuales, con un porcentaje del 95%. Es decir, la mayoría de los varones heterosexuales entrevistados refirieron tener orgasmos siempre o casi siempre durante el encuentro sexual con mujeres. En el segundo lugar se encuentran los varones gays con un 89%; luego los varones bisexuales con un 88%; las lesbianas con 86%; y las mujeres bisexuales un 66%. En el último lugar se encuentran las mujeres heterosexuales. Solo el 65 % de las entrevistadas refirió llegar al orgasmo durante un encuentro sexual con varones. Los datos exhibidos ponen de manifiesto la desigualdad real que existe entre varones y mujeres heterosexuales durante las prácticas sexoafectivas en cuanto a orgasmos se refiere.
Visualizar los escenarios en los que se desarrolla la sexualidad de las mujeres heterocis a partir de la evidencia empírica pone de manifiesto que las transformaciones contemporáneas de las mujeres aún no fueron modificadas de forma profunda, como tampoco las representaciones que se tienen de estas, ni los lugares asimétricos entre hombres y mujeres en lo concerniente a las prácticas eróticas (Sikos, 1998), en donde las relaciones de poder que se ejercen dentro de estas siguen invisibilizando el placer sexual femenino (Oyhantcabal, 2020). La “brecha orgásmica” es un ejemplo de ello.
A modo de conclusiones
El análisis bibliográfico que se llevó adelante intentó poner en evidencia cómo la sexualidad de las mujeres heterocis está condicionada por un sistema opresor que disciplina tanto sus cuerpos como la forma en que estos son en el mundo que habitan. En palabras de varixs de lxs autorxs mencionadxs, el patriarcado esgrime un sinfín de estrategias que van moldeando la vida de las mujeres de forma tal que su sexualidad queda regulada por las imposiciones heteronormativas y androcéntricas vigentes, donde no solo priman el placer y el goce sexual de los varones, sino que se invisibiliza el de las mujeres. De esta manera, se hace muy difícil poder identificar el lugar que ocupa el placer sexual de estas en las prácticas sexoafectivas, entendiendo que no hay posibilidades reales de que las mujeres puedan llevar adelante un ejercicio pleno de su sexualidad. En este sentido, esta falta de identificación podría enunciarse como un “no lugar”, es decir que las mujeres no tienen (o no pueden tener), conciencia plena de este y, por lo tanto, tampoco pueden identificarlo.
La Asociación Mundial para la Salud Sexual (WAS)[5] establece que los derechos sexuales se fundamentan en los derechos humanos universales, reconociendo el disfrute a una sexualidad libremente elegida, sin presiones, violencias o abusos; reafirmando que esta es una fuente de placer y bienestar que contribuye a la realización y satisfacción personal y colectiva. A lo largo de todo este recorrido, se intentó demostrar que la invisibilización del placer sexual en las mujeres heterocis, vulnera sus derechos sexuales en tanto responde a la reproducción sistemática de diferentes tipos de violencias de género que sufren las mujeres, cuya plataforma de sostén es el sistema patriarcal y por lo tanto no se puede dejar de analizarlo como un problema social complejo.
En tal sentido, es inminente comenzar a desnaturalizar los procesos sociales e históricos, problematizando las desigualdades normativizadas, debiendo incluir la teoría feminista como plataforma de análisis de los procesos sociales e históricos. Es dicha teoría la que pone al descubierto estas estructuras y mecanismos de dominación, opresión y exclusión de las mujeres, visibilizando las configuraciones hegemónicas de poder, a partir de una visión crítica frente al conocimiento que se propone como universal pero que en realidad es androcéntrico y negador de otras miradas y realidades (Carosio, 2012).
Fomentar la teoría feminista dentro del ejercicio profesional del trabajo social es un posicionamiento ético/político propicio para intentar revertir tanto el pensamiento hegemónico, como la dicotomía ámbito público versus ámbito privado, ampliando la mirada profesional hacia los contextos en los que se hallan inmersxs lxs sujetxs.
En este sentido, la incorporación de estos nuevos enfoques en la interpretación de la realidad social abre la posibilidad de politizar el placer sexual de las mujeres, promoviendo escenarios alternativos en los cuales gozar sea políticamente correcto y experimentar orgasmos una realidad erótica transversal a la vida cotidiana de las mujeres.
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[1] Véase: Sivori, Horacio (noviembre de 2005). Los nombres del sexo, de la sexualidad y del género [Ponencia oral]. Montevideo.
[2] Los estudios histológicos muestran que la vagina tiene escasas terminaciones nerviosas sensoriales y solo en la pared anterior, cerca del introito.
[3] Helen E. O’Connel, John M. Hutson, Colin R. Anderson, Robert J. Plenter, (1998). Anatomical relationship between urethra and clítoris. The Journal of Urology, 15, 6, pp. 1892-1897.
[4] Pierre Foldes and Odile Buisson (2009). The Clitoral Complex: A Dynamic Sonographic Study. The Journal of Sexual Medicine, 6, 5, pp. 1223-1231.
[5] https://worldsexualhealth.net/wpcontent/uploads/2013/08/declaracion_derechos_sexuales_sep03_20 14.pdf
[I] Virginia Reggiardo: Licenciada en Trabajo Social (UNAJ). Técnica Universitaria en Intervención Sociocomunitaria (UNDAV). Diplomada en Abordajes y Prevención de las Violencias contra las Mujeres (UNQ).
