Resumen
En este texto, se relata la historia de construcción colectiva del emprendimiento gastronómico Mujeres del Sur[1], una experiencia que, desde hace más de 10 años, integra el heterogéneo campo de la economía social y solidaria. Nos proponemos observar, desde una perspectiva interseccional, la transformación subjetiva de sus integrantes, mujeres adultas y trabajadoras, que se formaron en la Universidad Nacional de Quilmes, espacio en el que también despliegan su actividad participando de dispositivos de comercialización solidaria.
Palabras clave: mujeres, economía social y solidaria, universidad, emprendimiento gastronómico.
Introducción
Este trabajo está basado en una experiencia gastronómica denominada Mujeres del Sur, un emprendimiento autogestivo del campo de la economía social y solidaria (ESS). Particularmente, nos interesa abordar algunas dimensiones de su práctica que nos permitan observar su proceso desde una perspectiva interseccional.
El emprendimiento está conformado por un grupo de mujeres del conurbano sur bonaerense, orgullosas habitantes de Bernal, Ezpeleta, Quilmes Oeste y Varela, con una subjetivación de género tradicional pero abiertas al diálogo con las luchas y transformaciones sociales. Tenían, al momento de la constitución del proyecto, una edad promedio grupal que superaba los 50 años.
¿Incide en algo el hecho de que sean mujeres todas sus integrantes? ¿Hay un modo “femenino” de llevar adelante un emprendimiento? ¿Cómo se inicia un proyecto laboral colectivo en una edad en la que el mercado invita a retirarse de la escena social? ¿Y cuánto incide que esas mujeres estuvieran en ese momento de sus vidas realizando un trayecto formativo en ESS en una universidad pública? Estas son algunas de las preguntas que orientaron la reflexión que se comparte en este escrito.
Partimos de la idea de que, en términos de desigualdad, hay otras dimensiones que se ponen en juego junto al género para potenciar/habilitar socialmente o discriminar doblemente. Ya en los años ochenta, feministas norteamericanas empezaron a plantear discusiones al interior del colectivo de mujeres sosteniendo que cuando hablamos de género y discriminación hay un punto de interseccionalidad que suele estar invisibilizado. El sexo, el género, la edad, la clase social, las operaciones de racialización de las que se haya sido objeto son todos elementos que complejizan la lectura de las políticas identitarias y de las luchas feministas y disidentes. La interseccionalidad, categoría de análisis acuñada por Crenshaw (2012), es la expresión de un sistema complejo de estructuras de opresión que son múltiples y simultáneas.
La perspectiva de la ESS concibe a la economía integrada al resto de la vida social, vinculada a la cultura, la historia, las identidades. Por eso, vemos la importancia que tuvo y tiene para este emprendimiento la construcción de una trama vincular, de una red de afectos y experiencias y el nombrarse a sí mismas con un título tan identitario “porque somos mujeres, del conurbano sur y de Suramérica”, como ellas mismas explican.
Asimismo, es necesario señalar que, en el campo de la ESS, centrada en las personas, en su trabajo y en sus modos de organización para la reproducción ampliada de la vida (Coraggio, 2009, 2010, 2011; Vázquez, 2010, 2022), hay una innegable participación de mujeres. Esta presencia mayoritaria, en términos cuantitativos, puede observarse en los emprendimientos, las organizaciones, pero también en los espacios formativos. Y esto nos desafía a abordar y transversalizar la perspectiva de géneros interseccional en nuestro quehacer académico territorial para visibilizar las matrices patriarcales hegemónicas en las cuales se han construido nuestros espacios de trabajo y vida cotidiana.
En este punto, creo necesario explicitar el estrecho vínculo de afecto y trabajo que me une a las integrantes de Mujeres del Sur, a quienes conocí primero como estudiantes del Diploma de Extensión de Operador Socioeducativo en Economía Social y Solidaria (DOSESS), un trayecto formativo compuesto por cinco materias y una práctica profesionalizante socioeducativa. Luego, compartimos una serie de talleres dirigidos a acompañar el armado del emprendimiento. Y, posteriormente, se sumaron como participantes del Obrador, un dispositivo de salud de la ESS (Copello, 2018, 2021, 2022), un espacio mensual de encuentro, diálogo e intercambio de saberes y experiencias para el fortalecimiento de los emprendimientos a través de la construcción de un “nosotrxs” diverso, sensible y potente. Mujeres del Sur es uno de los emprendimientos históricos de este espacio ya que participa desde sus inicios.
Había una vez, en una universidad pública del conurbano sur…
Mujeres del Sur se inicia en el año 2013 en el marco del DOSESS y la recuperación de su trayectoria, en este escrito, nos permite pensar el trabajo de las mujeres fundamentalmente en lo que significa el paso de la frontera imaginaria entre el espacio privado y el público.
Para intentar ordenar un poco esta historia, podemos ubicar en octubre de 2012 la apertura de la primera comisión de cohorte abierta del DOSESS, cuyo antecedente de amplia inserción territorial lo constituían las dos cohortes realizadas en articulación con los ministerios de Educación y de Desarrollo Social de Nación con orientadores de las cooperativas del Programa Argentina Trabaja. La nueva comisión se conformó con integrantes de organizaciones participantes de la Mesa de Promoción de la Economía Social y Solidaria (MePESS). De esa manera, quienes luego llegarían a conformar Mujeres del Sur se sumaron al DOSESS de la mano de organizaciones como “Equipo de Mujeres que Asisten para mejorar la Calidad de vida” (EMAC), “Colectivo de a pie” y el espacio de ferias de economía social del Municipio de Quilmes.
A rigor de verdad, ellas venían desarrollándose por separado como emprendedoras gastronómicas, con diferentes estrategias de producción y comercialización de manera individual o como parte de un emprendimiento familiar. Pero, a partir del encuentro en las aulas de la universidad, del reconocimiento y valoración de estos saberes previos como parte de la metodología de la educación popular, en función del empoderamiento generado por el dispositivo pedagógico del DOSESS y su comunidad de aprendizaje (Torres, 2004), decidieron conformarse de manera autogestiva, en línea con los criterios que se iban desplegando en clase.
Como ellas mismas narran:
Cuando comenzamos el diploma a fines del 2012, por sugerencia de las docentes comenzamos a llevar viandas para vender entre los compañeros, porque pasábamos muchas horas en el aula. Al año siguiente, hicimos el primer catering juntas para darle la bienvenida a la segunda cohorte abierta del diploma.
Así, se convirtieron en proveedoras gastronómicas para las distintas actividades y espacios del programa de extensión CREES-ICOTEA. Luego, ampliaron su comercialización a otros espacios institucionales dentro de la universidad.
Decíamos en las primeras líneas de este escrito que Mujeres del Sur pertenece al campo de la “economía social” una expresión que adquiere en cada territorio sus características y significados propios. Esta polisemia puede abordarse en tres dimensiones que organizan su análisis: a) la conceptual, que expresa un enfoque alternativo a la “economía de los economistas” convencionales porque (re)incluye lo social que la economía clásica había separado y pone énfasis en una pluralidad en la que pueden identificarse los roles del Estado, del mercado y de la comunidad; b) las trayectorias empíricas de otras formas de hacer economía al incluir en su diversidad, no solo a las tradicionales cooperativas y mutuales, sino también a los emprendimientos sociales, las empresas recuperadas por sus trabajadores, las redes asociativas de emprendimientos de la economía popular, experiencias de monedas sociales, programas de microcrédito y de finanzas solidarias, las iniciativas asociativas de hábitat; etc.; c) la propositiva de proyectos de sociedad en términos de integración y transformación social (Pastore, 2006).

Mujeres del Sur se incluye en el amplio campo de las trayectorias empíricas de la ESS, y su tarea se despliega fundamentalmente en el ámbito de una universidad pública, en un dispositivo de comercialización solidaria denominado Tienda Colectiva Gastronómica, pero realiza, también, servicios de catering y participa de intercambios en otros espacios de comercialización.
Asimismo, tiene un ejercicio de reciprocidad con la comunidad a la que pertenece que implica algunas prácticas que abonan a la dimensión propositiva de la ESS y que se detallarán más adelante.
Mujeres del Sur se incluye en el amplio campo de las trayectorias empíricas de la ESS, y su tarea se despliega fundamentalmente en el ámbito de una universidad pública, en un dispositivo de comercialización solidaria denominado Tienda Colectiva Gastronómica, pero realiza, también, servicios de catering y participa de intercambios en otros espacios de comercialización. Asimismo, tiene un ejercicio de reciprocidad con la comunidad a la que pertenece que implica algunas prácticas que abonan a la dimensión propositiva de la ESS y que se detallarán más adelante.
Como no todas las mujeres somos iguales, tampoco este grupo de emprendedoras gastronómicas es homogéneo. Tienen diferentes personalidades, estilos comunicacionales, historias familiares y laborales. Pero, partiendo de esas diferencias y con los valores cooperativos en común, pudieron realizar una construcción colectiva, afrontando, en distintos momentos de su proceso, algunas dificultades vinculadas con cuestiones propias de la construcción de equipos de trabajo, como la toma de decisiones, la comunicación, los liderazgos cristalizados, la organización de la tarea, etc. De esta manera, a pesar de algunas modificaciones entre sus integrantes, Mujeres del Sur ha cumplido 11 años de trabajo ininterrumpido para el mejoramiento de sus productos, la ampliación de sus espacios de comercialización y el fortalecimiento de lazos vinculares y comunitarios.
Algunas ideas para pensar diferencias y valencias diferenciales
Ponemos énfasis en el significante mujeres, evitando nombrarlas como diferencia, para no correr el riesgo de caer en esencialismos sobre lo “femenino”. En ese sentido, entendemos que, si bien hay feministas que reivindican la idea de “diferencia” y la convierten en enunciación política, para otras autoras como Gamba (2020) este término “resulta complejo y contradictorio ya que, desde el modelo patriarcal y androcéntrico, donde el varón es la medida de lo humano, la diferencia de género se entiende como inferior y negativa” (p. 9). Y es, en esa misma línea, que Wittig (2007, 1980) plantea que se suele nombrar como diferente al colectivo dominado, ya que construir una diferencia y controlarla es un acto normativo de poder, porque para poder presentar a otra persona como diferente hay que ser socialmente dominante. “No hay nada ontológico en el concepto de diferencia solo es la forma en que los amos interpretan una situación histórica de dominación” (pp. 53 y 54).
Al abordar la compleja relación de las mujeres con el espacio público, podemos recurrir a Héritier (2007), quien señala que en el núcleo de todos los sistemas de pensamiento y todas las sociedades funcionan categorías dualistas, oposiciones binarias sobre las cuales se construyen todos los discursos, que se hallan connotadas por el signo de lo masculino y lo femenino. Si bien estos pares deberían tener el mismo valor, plasmando simplemente la alteridad, se ha instaurado en ellos una jerarquía que ubica a las categorías identificadas con lo masculino como superior a las otras. La autora denomina “valencia diferencial” de los sexos a lo que ha generado que la relación de masculino/femenino se construya sobre el modelo padre/hijo, mayor/menor.
En esa línea argumental, y con relación a los ámbitos y modalidades a los que tradicionalmente hemos sido destinadas las mujeres, Fernández (1994) sostiene que “la oposición entre público-privado tomó por lo mismo la forma de la polaridad entre razón-sentimientos, que se desdobla en varias otras: inteligencia-intuición, palabra-emoción, poder-afecto, producción-consumo, eficacia-donación” (p. 151).
Palabra, poder, producción, eficacia. Precisamente estos temas, que en esa división histórica quedan del lado de lo público y de lo masculino, son algunos de los aspectos que trabajamos con las integrantes del emprendimiento, al comienzo de esta experiencia socioeconómica, en talleres quincenales a través de los cuales intentamos acompañar sus primeros pasos.
Suele considerarse a la gastronomía como una de las actividades históricas y tradicionalmente destinadas a las mujeres, como un hacer del ámbito doméstico, que integra el amplio espectro de tareas vinculadas al cuidado. Sin embargo, abordar esta actividad para desarrollar su comercialización, hacerlo en un ámbito público como lo es la Universidad Nacional de Quilmes, y tomar esta iniciativa en el marco de un espacio de formación en ESS para desarrollarla durante más de 10 años, plantea un desafío que se traduce en transformación subjetiva de sus protagonistas. Si entendemos a la subjetividad como “la materia prima de toda y cualquier producción” (Guattari, 2005, p. 41), una construcción realizada en relación con otres en procesos interpelados por contextos sociales y condiciones particulares de inserción en el mundo laboral y vincular, entonces, quienes forman un emprendimiento asociativo, autogestivo, establecen nuevas redes, lazos de pertenencia y comunitarios que contribuyen a redefiniciones de la subjetividad.
La dimensión del “cuidado” estuvo siempre presente y es una de las marcas características del emprendimiento. No solo el cuidado entre compañeras, sino el cuidado del producto y el cuidado de sus clientes con quienes tienen construidos lazos de afecto a través del intercambio a lo largo de los años. Un cuidado que se expresa en detalles hacia sus consumidores cuando dicen: “Traemos distintos tipos de viandas porque ya sabemos quién tiene que comer sin sal o quien no puede comer harinas…”.
Es interesante observar que, en este tipo de prácticas, en lugar de distinguir y separar las esferas de lo productivo y lo reproductivo como se hace desde la visión económica tradicional, es posible visibilizar “los hilos que sostienen esa interdependencia” (Ramacciotti y Zángaro, 2019, p. 8) a través del cuidado del producto y el cuidado entre compañeras y hacia les consumidores, en modos de relación afectiva y productiva.
Podemos pensar al cuidado como un concepto polisémico y complejo, ya que incluye un abanico de actividades materiales e inmateriales necesarias para el sostén de la vida misma. El acto de cuidar tiene una dimensión afectiva y emocional que acompaña a estas actividades y otra más física/corporal de las múltiples tareas necesarias para su realización. El cuidado –independientemente del ámbito en el cual se efectúe– es un trabajo necesario para la sociedad en su conjunto, que involucra esfuerzo y desgaste de energía (corporal y emocional), que implica niveles de intensidad, pero también tiempo, y que difícilmente pueda ser reemplazado por máquinas o nuevas tecnologías (Zibecchi, 2014; Federici, 2013).
Muy atrás en el tiempo y bastante lejos del campo de la ESS, la relación entre la gastronomía y los lugares privado/público para las mujeres tiene una referencia posible, en Argentina, con la figura de doña Petrona C. de Gandulfo, quien publica en 1934 un libro de recetas y consejos para el ama de casa que superó las 100 ediciones al día de hoy. Mientras ella se animaba a protagonizar su tarea en el espacio público, sus lectoras intentaban reinar en la domesticidad próspera de la clase media de aquellos años. Como señala Pite (2016), el libro de doña Petrona llegó a ser uno de los best seller en Argentina junto a la Biblia y el Martín Fierro. Pero su fama se duplicó cuando llegó a la televisión en 1951 y fue la primera conductora que cocinó en vivo, secundada por su fiel ayudante Juanita. Pite (2016) ayuda a contextualizar este fenómeno señalando que “los líderes argentinos del siglo XX promovieron tanto la incorporación de los varones a la mano de obra asalariada como la domesticidad de las mujeres, definida como la vida de hogar y la dedicación a ella” (p. 15).
En aquellos años también, pero en Estados Unidos, la psicóloga Betty Friedan describía una “mística de la feminidad” que, con base en la creencia de una esencia de lo femenino, llevaba a aceptar a la mujer un lugar de objeto sexual, esposa y madre, ama de casa que se realiza a través de los logros del marido. Friedan (2009), en una crítica a la cultura norteamericana, describe un malestar “que no tiene nombre” (p. 51) que afectaba a las mujeres cuya capacidad de elegir posibilidades en su vida quedaba reducida a los nuevos electrodomésticos, la ropa de moda, o el supermercado para la compra familiar.
Muchos años han pasado desde aquel hito culinario, editorial y televisivo de Doña Petrona, también hubo otros furores relacionados con la gastronomía como el canal Gourmet en los años noventa y una serie de cocineres, chef y Masterchef televisivos. Ha cambiado mucho la sociedad desde entonces, pero el conflicto entre roles familiares y laborales sigue vigente, aunque a veces de modo solapado.
En los comienzos del emprendimiento, en un taller de construcción del precio, surgió un dato revelador: las mujeres no estaban contabilizando ni los gastos de gas y luz y, lo que es peor, tampoco las horas de trabajo. No le habían puesto un valor económico a la “mano de obra” porque la tarea era realizada en la casa, mientras respondían a otras demandas familiares, por ejemplo, hacer el almuerzo y la cena para les integrantes del hogar, mantener la casa en orden o simplemente estar a la hora en que va llegando cada integrante de la familia. Y sabemos que recién en estos últimos años tomó fuerza y cierta masividad el cuestionamiento a la invisibilización de ese trabajo de reproducción desvalorizado en el mercado con el argumento de incluir tareas que supuestamente solo pertenecen al campo del amor. “En principio nos costó que todas lo tomáramos como un trabajo, priorizarlo. Costó ponerse la camiseta de Mujeres del Sur. En nuestras casas también, mi familia tuvo que entender que no podía estar las 24 horas”, dice una de sus integrantes.
Esta tensión que sufren las mujeres entre lo familiar y lo profesional, puede observarse en distintos ámbitos de la sociedad. Gago (2019) habla del “diferencial de explotación” (p. 232) que caracteriza al trabajo feminizado, es decir, el trabajo comunitario, barrial, migrante, reproductivo. Y ubica como lugar concreto de inicio de ese diferencial en la reproducción de la vida, explotada por el capital en función de su obligatoriedad y gratuidad, ligada a procesos de domesticación y colonización.
Pero también en la academia encontramos diferencias y valencias diferenciales. En una de sus investigaciones Maffia (2008) observaba que una gran parte de las pioneras en las ciencias y la academia habían permanecido solteras o se habían casado, ya mayores, con colegas, sin llegar a tener hijos. Asimismo, observaba que esto no ocurría con los colegas varones, que en un 75% eran casados desde muy temprana edad sin que la vida familiar les obstaculizara el desarrollo profesional. Esto no respondía a diferencias biológicas ni a esencialismos, sino a un sistema patriarcal que naturalizaba el hecho de que “un científico viene implícitamente equipado con una mujer que lo cuida amorosamente a él y a sus hijos, que hace el ‘trabajo emocional’. Y que hace todo esto por amor y no por un salario” (p. 3). Inevitablemente, al cerrar este apartado, resuena la pregunta de Hartmann (1979), ¿quién se beneficia del trabajo de la mujer? Y su inmediata respuesta: “No sólo el capitalista sino también el hombre, ese marido que recibe servicios personalizados” (p. 7).
La autogestión de la vida
Una de las características de la experiencia de Mujeres del Sur que hace posible su inclusión en el campo de la ESS radica en su modalidad de trabajo autogestiva. En ese sentido, nos referimos al conjunto de prácticas sociales, caracterizadas por la naturaleza democrática de las modalidades en la toma de decisión, que favorecen la autonomía de un colectivo, en tanto ejercicio de poder compartido, de relaciones sociales horizontales de cooperación entre personas o grupos. Claro que, tal como sostiene Vázquez (2022), buena parte de quienes integran este tipo de experiencias autogestionadas tienen incorporada, aunque sea fragmentariamente, una cultura de trabajadores asalariades, o empleades, que se expresa en la dificultad de actuar sin recibir indicaciones u órdenes y en una modalidad de trabajo reducida a su propia tarea, lo cual requiere enfrentar el desafío de construir una cultura del trabajo cooperativo y autogestionado.
Quienes acompañamos al emprendimiento Mujeres del Sur desde su conformación trabajamos precisamente en la deconstrucción de una cultura de la obediencia que nos atraviesa por el solo hecho de ser parte, de alguna u otra manera, de sistemas de desigualdad como el capitalismo, pero también por ser objetos de la educación bancaria (Freire, 1970) o el patriarcado y su “tutela masculina subordinante” (Barrancos, 2020, p. 3). En ese sentido, propusimos el ejercicio de la toma de decisiones como un juego de poder compartido, e insistimos en la idea de que las mujeres podemos tener ambiciones y expresarlas libremente. Así como nos hace bien, a veces, poner límites a las demandas desmesuradas.
En la autogestión, el compartir no solo se refiere a la propiedad de los medios de producción, sino a la forma en la que se trabaja, se construye conocimientos sobre lo que se hace, se toman decisiones, se enfrentan los obstáculos y se disfrutan los resultados. La autogestión debe presuponer la propiedad de los medios de producción, la división igualitaria del excedente de trabajo y, fundamentalmente, dinámicas de decisión colectiva en el interior de la unidad productiva (Pires, 1999; Tiriba, 2008). Muchas de las dimensiones de la autogestión se cumplen en el emprendimiento Mujeres del Sur, sin embargo, por razones geográficas y de dinámicas familiares cada una cocina en su casa, mientras cocina para su familia, pero a lo largo de los años fueron configurando y reconfigurando sus dinámicas para lograr la modalidad colectiva que las potencia grupalmente a la vez que se adecua a sus realidades personales. En la actualidad tienen reuniones de organización de la tarea, comparten sus recetas, sus clientes y comercializan asociativamente tanto en la universidad como en otros espacios a los que acceden a partir del trabajo en conjunto, pero también en función de los vínculos previos de cada integrante.
Con puntos en común con la ESS en cuanto a la recuperación de la dimensión social de lo económico, la economía feminista (EF) pone su lupa en la esfera de la reproducción y la enorme importancia que posee en “el funcionamiento de la totalidad de estructuras que configuran cualquier sociedad, incluida la estructura productiva” (Quiroga Díaz y Dobree, 2019, p. 25). Su planteo central es que las condiciones elementales para la vida se generan en la esfera de la reproducción, es decir, donde se sostienen cotidianamente los cuerpos, las identidades y las relaciones.

Tal vez por la experiencia en el trabajo de reproducción, pero también por las convicciones en torno a la propuesta de la ESS y la reproducción ampliada de la vida, Mujeres del Sur realizó tareas comunitarias en distintos momentos de su historia. En tiempos del macrismo, por ejemplo, cuando la empresa social COLCIC (Comisión de Lucha Contra las Inundaciones y la Contaminación) de Bernal Oeste, que se ocupaba de la limpieza de los arroyos San Francisco y Las Piedras, quedó sin la posibilidad de renovar su contrato de trabajo con la Provincia, las Mujeres del Sur y otras compañeras de la universidad fueron a cocinar y compartir momentos de encuentro con sus trabajadores, durante algunos meses. Un poco después, en otra oportunidad, con alimentos que les proveía la línea de trabajo Mercado Territorial del Proyecto CREES de la UNQ, dieron talleres de cocina en la Escuela Secundaria de Educación Técnica (ESET) de la UNQ. Fue en esa oportunidad que hicieron la última incorporación al emprendimiento, sumando a una de las entusiastas participantes del taller.
Algunas reflexiones finales
Al transitar dos décadas del resurgimiento de esta economía para la reproducción ampliada de la vida, entendemos que las organizaciones y emprendimientos tienen mucho para poner en diálogo con los feminismos y sus históricas luchas colectivas en pos de la igualdad de derechos. Por un lado, observamos que las formas de pensamiento y acción de las mujeres precursoras del feminismo, sus “audacias anticipatorias” (Barrancos, 2020, p. 20), se configuran en un movimiento emancipatorio de acceso a derechos a partir de la colectivización de sus propuestas reivindicativas que se organizan en torno al sufragismo y a las denominadas “olas” subsiguientes. Incluimos en estas luchas a las organizaciones de diversidades y disidencias. Por otro lado, entendemos que el carácter instituyente de los feminismos plantea la transformación de costumbres, representaciones sociales y prácticas en la vida cotidiana, política y laboral de mujeres y disidencias también en el seno de las organizaciones de la economía social y solidaria.
En un momento tan incierto como el que estamos atravesando en Argentina, se hace necesario subrayar que la experiencia Mujeres del Sur, fue posible no solo por el esfuerzo y el mérito de sus protagonistas, sino por una política educativa que incentivó la posibilidad de habilitar y propiciar el ingreso de mujeres adultas, trabajadoras, a las aulas generosas de una universidad pública donde se entiende a la educación como un derecho inalienable, como parte de los derechos económicos, sociales y culturales (DESC) planteados por Naciones Unidas. Pero, fundamentalmente, considero que, experiencias como las de Mujeres del Sur, alojadas en diversos trayectos formativos de las universidades públicas, y las iniciativas y proyectos colectivos del campo de la ESS, responden a una premisa ordenadora que es la posibilidad de desarrollar en la propia subjetividad la conciencia de tener “el derecho a tener derechos” (Lagarde, 2015). Asimismo, entiendo que la historia construida por estas compañeras que iniciaron un camino nuevo en sus vidas teniendo una edad cercana a los 60 años es una invitación a pensar más allá de estereotipos y a interpelar prejuicios vinculados no solo al género, sino también a la edad; es una posibilidad de desafiar al viejismo presente en nuestra sociedad, un prejuicio basado en el desconocimiento de las potencialidades de las personas mayores, la creencia de que las personas mayores no tienen nada valioso que aportar, que ya no pueden contribuir a la comunidad (Becca y Mahazarin, 2004).
Finalmente, me resta decir que la escritura de este texto significa también para mí la posibilidad de celebrar y poner en valor a este grupo de compañeras, a su tarea, a su compromiso con la ESS y con la universidad y a estos más de 11 años de aprendizajes y desafíos compartidos.
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[1] https://www.facebook.com/mujeresdelsurcatering
[I] María Mónica Copello: Docente de pregrado y posgrado (UNQ). El presente trabajo es producto del Taller Final de Prácticas Situadas del Diploma de Géneros, Feminismos y Derechos Humanos
